lunes, 26 de junio de 2017

LEYENDA JAPONESA DE LA SEMANA LA MALDICION DEL ENAMORADO



La maldición de los enamorados, la terrible leyenda de cómo los ancianos pierden su alma,
la llamada “maldición de los enamorados” o “maldición del enamorado” , que se conoce en Japón como una pequeña leyenda y que explica los cientos de casos que explicaremos a continuación. Seguro que conoces algún caso típico de que cuando una persona anciana fallece, su pareja no le sobrevive durante demasiado tiempo, y en Japón se cree que son los lazos atados durante todas una vida juntos los que terminan con el otro miembro de la relación. Es una estadística que no sólo se da en humanos, y en otras especies de animales también sucede, observado a menudo en el caso de los pájaros.


Según la mitología japonesa, cuando morimos nuestra alma será recogida por una criatura. Existen varias criaturas que pueden realizar esta labor, pero principalmente conocida es la figura del shinigami, gracias en parte a algunas obras del manga y anime que los han catapultado al estrellato, como en Death Note.

Pero es en ese momento en el que el shinigami se lleva el alma de la persona fallecida, cuando la pareja aún viva del fallecido  queda marcada por esta “visita”.

En ese momento fugaz en que el shinigami transporta el alma al más allá, el alma del fallecido puede agarrarse y atrapar el alma de la persona más cercana, siendo por lo general su pareja -especialmente si sucede durante la noche-. Por tanto, no sólo se marcha al otro lado el alma del fallecido, sino el alma o parte del alma del miembro de la pareja que se queda en este mundo. Es un buen símil de lo que aquí conocemos como corazón partido.



Los ancianos que se duelen por la pérdida de la persona con la que han compartido la mayor parte de su vida, pueden tener el alma arrancada de su cuerpo. La leyenda cuenta que el alma del fallecido tira del alma del vivo, y lo hace por los pies de la persona, motivo por el que un anciano que llora la pérdida de su pareja lo primero que hace es perder la capacidad de andar. Finalmente la pérdida del alma desemboca en la imposibilidad de hablar y, más tarde, en la capacidad de sentir. Terminan por sucumbir a la muerte.


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