miércoles, 18 de marzo de 2015

LEYENDA JAPONESA La Travesura de los Duendes Yôseitachi No Itazura


Hace muchos miles de años, un poco antes de que la humanidad existiera, se reunieron varios duendes para hacer una travesura.


Uno de ellos dijo:
– Pronto serán creados los humanos, serán una perfecta obra divina, deberíamos quitarles algo pero … ¿qué?
Después de mucho pensar, uno dijo:
– ¡Ya sé!, vamos a quitarles la felicidad, pero el problema va a ser en dónde esconderla para que no la puedan encontrar.


Propuso el primero:
– Vamos a esconderla en la cima del monte más alto del mundo.
A lo que inmediatamente repuso otro:
– No, recuerda que tienen fuerza, alguna vez alguien puede subir y encontrarla, y si la encuentra uno ya todos sabrán dónde está.


Luego propuso otro:
– Entonces vamos a esconderla en el fondo del mar.
Y otro contestó:
– No, recuerda que tienen curiosidad, alguna vez alguien construirá algún aparato para poder bajar y entonces la encontrará.

Uno más intervino y dijo:
– Escondámosla en un planeta lejano a la Tierra.
Y le dijeron:


– No, recuerda que les han dado inteligencia, y un día alguien va a construir una nave en la que puedan viajar a otros países y la van a encontrar, y entonces todos tendrán felicidad.

El último de ellos era un duende que había permanecido en silencio escuchando atentamente cada una de las propuestas de los demás duendes.

Analizó cada una de ellas y entonces dijo:
– Creo saber dónde ponerla para que realmente les cueste muchísimo trabajo encontrarla …
Los duendes, asombrados preguntaron al unísono:
– ¿Dónde?

El duende respondió:
– La esconderemos dentro de ellos mismos, estarán tan ocupados buscándola fuera que algunos nunca llegarán a encontrarla …



La felicidad se compone de pequeños momentos, de detalles vividos en el día a día (autor desconocido)

miércoles, 11 de marzo de 2015

LEYENDA JAPONESA EL ESPEJO



Una vez en Japón, hace muchos siglos, una pareja de esposos que tenía una niña. El hombre era un samurai, es decir, un caballero: no era rico y vivía del cultivo de un pequeño terreno. La esposa era una mujer modesta, tímida y silenciosa que cuando se encontraba entre extraños, no deseaba otra cosa que pasar inadvertida.


Un día es elegido un nuevo rey. El marido, como caballero que era, tuvo que ir a la capital para rendir homenaje al nuevo soberano. Su ausencia fue por poco tiempo: el buen hombre no veía la hora de dejar el esplendor de la Corte para regresar a su casa.

A la niña le llevó de regalo una muñeca, y a la mujer un espejo de bronce plateado (en aquellos tiempos los espejos eran de metal brillante, no de cristal como los nuestros). La mujer miró el espejo con gran maravilla: no los había visto nunca. Nadie jamás había llevado uno a aquel pueblo. Lo miró y, percibiendo reflejado el rostro sonriente, preguntó al marido con ingenuo estupor:
— ¿Quién es esta mujer?
El marido se puso a reír:
— ¡Pero cómo! ¿No te das cuenta de que este es tu rostro?
Un poco avergonzada de su propia ignorancia, la mujer no hizo otras preguntas, y guardó el espejo, considerándolo un objeto misterioso. Había entendido sólo una cosa: que aparecía su propia imagen.


Por muchos años, lo tuvo siempre escondido. Era un regalo de amor; y los regalos de amor son sagrados.
Su salud era delicada; frágil como una flor. Por este motivo la esposa desmejoró pronto: cuando se sintió próxima al final, tomó el espejo y se lo dio a su hija, diciéndole:
— Cuando no esté más sobre esta tierra, mira mañana y tarde en este espejo, y me verás. Después expiró. Y desde aquel día, mañana y tarde, la muchacha miraba el pequeño espejo.


Ingenua como la madre, a la cual se parecía tanto, no dudó jamás que el rostro reflejado en la chapa reluciente no fuese el de su madre. Hablaba a la adorada imagen, convencida de ser escuchada.
Un día el padre la sorprende mientras murmuraba al espejo palabras de ternura.
— ¿Qué haces, querida hija?, le pregunta.



— Miro a mamá. Fíjate: No se le ve pálida y cansada como cuando estaba enferma: parece más joven y sonriente.
Conmovido y enternecido el padre, sin quitar a su hija la ilusión, le dijo:
— Tú la encuentras en el espejo, como yo la hallo en ti.